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El fin del faro moral del socialismo

El caso Plus Ultra acorrala a Zapatero: de la austeridad del PSOE a las joyas de lujo

El régimen sanchista se desmorona por los sumideros de la Audiencia Nacional y, con él, arrastra definitivamente al fango la reputación de su gran padrino y referente espiritual. La comparecencia judicial de José Luis Rodríguez Zapatero ante el magistrado José Luis Calama marca el acta de defunción política de un expresidente y de unas siglas que han convertido la hipocresía en su principal seña de identidad. Ya no valen los aspavientos coloniales de la izquierda mediática ni los búnkeres de la calle Ferraz; la cruda realidad de los autos judiciales describe una organización estructuralmente orientada al tráfico de influencias y al enriquecimiento a costa del contribuyente. La farsa ha terminado.Es imposible no esbozar una sonrisa cargada de cinismo al recordar el idílico marco del 40.º Congreso Federal del PSOE, celebrado en la Valencia de 2021. Allí, subido al atril y con los ojos entornados en su clásico misticismo de salón, Zapatero nos regaló una de esas homilías destinadas a conmover a la militancia acrítica: “Ser socialista, normalmente, es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho”. Una poética lección de desprendimiento franciscano que, según él, constituía la esencia pura aprendida en las Casas del Pueblo. Cuánta ternura. Qué derroche de romanticismo proletario mientras el ciudadano de a pie, asfixiado a impuestos por la maquinaria implacable de Hacienda, las pasa canutas para llegar a fin de mes.

Sin embargo, la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) y la Guardia Civil poseen una molesta tendencia a estropear los cuentos de hadas de la izquierda con la prosa fría de los registros y las balanzas de tasación. El faro moral del socialismo español guardaba en la caja fuerte de su despacho privado una modesta colección de 103 piezas de alta joyería y objetos de lujo valorados en la friolera de 1,3 millones de euros. La Policía Nacional halló un catálogo de 41 pendientes, 15 collares de alta gama —entre ellos un fastuoso diseño tailandés de 155.000 euros y otro de Zambia de 278.000—, anillos, brazaletes y relojes de pulsera que ríete tú del mito de la austeridad republicana. Definitivamente, el concepto socialista de “tener muy poco” se mide en quilates y pureza de gemas.

Ante semejante despliegue de opulencia, la estrategia defensiva del expresidente ha entrado directamente en el terreno de la comedia jurídica. Al verse acorralado por una pieza separada por presuntos delitos fiscales y de contrabando, el entorno de Zapatero ha optado por un clásico de la jurisprudencia de supervivencia: culpar a la esposa y apelar a la providencial generosidad de las monarquías árabes. Sostienen ahora los fontaneros del relato oficial que gran parte de ese botín de pedrería fina fue un desinteresado obsequio del régimen saudí en el año 2007. Una maniobra que roza el ridículo y que persigue desesperadamente la carta de la prescripción del delito para evitar el banquillo. Para esta función teatral, su letrado ha solicitado un oportuno aplazamiento del interrogatorio sobre el botín; un receso técnico de diez días destinado, supuestamente, a “recabar facturas” en el baúl de los recuerdos familiares. Como en El mercader de Venecia, se busca desesperadamente un tecnicismo legal de último minuto; esta vez, para evitar que el juez termine de pesar la verdadera mercancía de la trama.

La pirueta es tan torpe que insulta la inteligencia de los españoles. Pretenden hacernos creer que un alto cargo del Estado puede meter en bolsas opacas joyas de jeques, transportarlas en el “Falcon aduanero” sin declarar y meterlas en una caja fuerte privada sin que salte por los aires la Ley del Alto Cargo o el mismísimo Código de Buen Gobierno que el propio Zapatero firmó en 2005. Según sus propias normas éticas de cartón piedra, cualquier regalo institucional de gran valor debe pasar de forma inmediata a Patrimonio Nacional. Pero claro, se ve que la generosidad socialista consiste en quedarse el botín institucional en el despacho y dejar la contabilidad en el limbo del olvido fiscal. Si no hay rastro en las declaraciones del IRPF ni el Impuesto de Sucesiones, para la ley esa herencia o regalo simplemente no existe. Es dinero negro envuelto en terciopelo.

Esta comparecencia corona una auténtica semana horribilis para el sanchismo, una atmósfera asfixiante donde el entorno político y familiar de Pedro Sánchez desfila por los pasillos judiciales en un lúgubre bucle penal. La pesadilla comenzó el pasado lunes 15 de junio, con la humillante citación de la imputada esposa del presidente del Gobierno, Begoña Gómez, obligada a rendir cuentas ante el juez. Apenas 48 horas después, el propio Zapatero inauguraba un hito histórico al convertirse en el primer expresidente de la democracia que declara como investigado por corrupción criminal. El Palacio de la Moncloa ya no es el epicentro del poder, sino el decorado de fondo de Uno de los nuestros, donde los peones y los padrinos van cayendo uno a uno bajo el peso de los sumarios.

El fondo de la cuestión es mucho más oscuro que el brillo de los diamantes incautados. La Audiencia Nacional investiga una presunta trama de manual donde los 53 millones de euros del rescate estatal a la aerolínea Plus Ultra terminaron bajo sospecha de blanqueo internacional. Los informes policiales apuntan a un flujo financiero sospechosamente exacto: la aerolínea pagaba facturas a la empresa interpuesta Análisis Relevante, propiedad de Julio Martínez, alias “Julito”, y este, casualidades del destino, transfería de forma milimétrica 490.780 euros a la cuenta personal de Zapatero bajo la etérea etiqueta de “asesorías verbales”. Por si fuera poco, las empresas de marketing de las hijas del expresidente presuntamente se embolsaban casi otro millón de euros por maquetar informes que los investigadores sospechan que ya estaban redactados. Una boutique financiera familiar financiada con el dinero de todos los españoles.

El colofón de esta farsa quedó retratado en los intolerables privilegios desplegados a las puertas de la Audiencia Nacional. Mientras el ciudadano común debe desnudarse ante los arcos de seguridad, Zapatero llegó parapetado en una burbuja de opulencia institucional: coches blindados, un despliegue desmedido de escoltas pagados por el contribuyente y un cordón de la Policía Nacional cuya única misión real fue alejar la incómoda melodía de la verdad. Apenas una docena de ciudadanos manifestantes, pacíficos pero indignados, fueron arrinconados, y expulsados de las inmediaciones para evitar que perturbaran el regio paseo del investigado. Para mayor escarnio, el exlíder socialista accedió y abandonó el recinto judicial utilizando las puertas a su antojo, hurtando a la opinión pública la imagen de su rendición ante la ley. Los mismos que predican la igualdad ante las cámaras exigen el salvoconducto de la aristocracia cuando se abre el banquillo.

Mientras España contempla el registro de la sede central del PSOE en la calle Ferraz por orden del juez Santiago Pedraz, y las agendas de la trama certifican que las siglas “P.S.” equivalen al jefe del Ejecutivo, Pedro Sánchez trata de desmarcarse en la distancia corta alegando ignorancia. Es el guion de siempre: negar el hecho, denunciar una conspiración judicial de la “fachosfera” y, cuando los frentes se multiplican en Badajoz o en la Audiencia Nacional, bunkerizarse en el silencio administrativo.

El socialismo ya no puede sostener su máscara moral. La frase de Valencia ha quedado grabada a fuego como la mayor paradoja de nuestra democracia reciente. Tenían razón en una cosa: estaban dispuestos a dar mucho… pero solo a sus intermediarios, a las tramas caribeñas que conectan con Delcy Rodríguez y a los comisionistas de Plus Ultra. Para los españoles corrientes queda la precariedad, la vivienda imposible y la inseguridad en unos barrios obreros que ya han visto el verdadero rostro del régimen. La imputación de Zapatero no es una anécdota procesal; es el derrumbe definitivo de una farsa ideológica que predicaba la cartilla de racionamiento para el pueblo mientras llenaba de oro sus propias cajas fuertes.

Un comentario en «El fin del faro moral del socialismo»

  • El socialismo es el determinante moral, impuesto y aceptado, por la sociedad civil gestada y nacida con el Régimen del 78. No existe faro, solo luminaria arco iris, no hay moral, solo una adaptación oportunista y plácida para las masas paralizadas. Nada inexistente se pierde, nada carente se añora.
    Los recientes acontecimientos son un juego de malabares, sin interés para un cambio o depuración de las aguas residuales del sistema político. Ninguna fuerza política, ninguna organización cívica tienen en su próximo horizonte la ruptura del armazón constitucional apolillado.
    El socialismo será travestido con nuevas mascaras o, simplemente, suplantado por una amargama plutócrata más digestiva para el intestino perezoso de un pueblo condenado a un futuro irrelevante.

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