Antonio Tejero Molina, que el cielo le recompense lo que le negó la Nación
El teniente coronel Antonio Tejero Molina falleció a los 93 años de edad el mismo día que se publicaron en el BOE los documentos desclasificados del 23F.
45 años después, su valentía no cae en el olvido pese a la manipulación de la extrema izquierda y los medios de comunicación del régimen autócrata. Los rebeldes del 23F antepusieron el honor a la disciplina y esto es lo que más ha molestado a los que quieren manchar la historia.
España lleva herida de muerte más de cuarenta años: un régimen del 78 caduco, una carta magna con más agujeros que un queso gruyere, el fracaso del Estado de las autonomías tras las catástrofes de las riadas del 2024 o los incendios forestales que dejaron en evidencia una ineficaz coordinación entre administraciones convirtiéndose en un sistema de evasión de responsabilidades. Sin olvidarnos de un Monarca que no solo carece de potestas, sino que ha perdido la auctoritas y, peor aún, la dignidad. Y, peor aún, un pueblo anestesiado que no ha hecho frente a ninguna de las injusticias que se han ido sucediendo desde la entrada de los bilduetarras en la casa del pueblo, el Congreso de los Diputados, hasta los recientes desastres ferroviarios causados por el mal mantenimiento de las infraestructuras, pasando por el encierro inconstitucional del 2020 y la amnistía a los secesionistas del 1-O.
La figura de Antonio Tejero Molina (Málaga, 30 de abril de 1932 – Valencia, 25 de febrero de 2026) nunca caerá en el olvido. Un hombre de Honor (honor en mayúscula). Un teniente coronel que asumió, con cabeza alta, el amargo destino cuando los traidores miraron hacia otro lado y dejaron solos a un puñado de valientes que decidieron alzarse frente a las cesiones a la extrema izquierda y con la imagen en sus retinas de los guardia civiles compañeros a los que la banda terrorista ETA arrebató la vida durante los años de plomo.
Un hombre de Honor
El diario ABC publicó la carta que Tejero Molina escribió desde la prisión militar de Alcalá de Henares, en marzo de 1981:
“Sí, a lo largo de mis años de destino en Vascongadas tuve que asistir a demasiados entierros; eran mis hombres aquellos cadáveres, y es cierto, como dijo en alguna ocasión la Prensa, que besé, aunque la mayoría de aquellos guardias muertos no tuvieran apariencia humana, como consecuencia de las explosiones que habían segado sus vidas. Sí, es cierto que los besé, y que mis labios se llenaron con su sangre de mártires; y es cierto también que mi hijo los besó, y allí, que yo sepa, nadie sintió nauseas. Aquello era para hombres y allí, que yo sepa, no había ninguno que no lo fuera.
También fue durante mi permanencia en Vascongadas cuando llevó a cabo la legalización de la bandera separatista, esa bandera que ahora llaman las izquierdas «banderola», y que entonces antepusieron a la bandera de España. Aún estaba caliente la sangre del cabo Frutos cuando fue ilegalizada la bandera separatista y aquellos me indignó, creo que justamente. Mis guardias y yo pasamos la peor noche de nuestra vida. Salimos varias veces a recatar banderas españolas ultrajadas, en contra de las órdenes recibidas de no salir por ningún motivo. Una de esas banderas que pudimos rescatar medio quemadas preside desde entonces mi hogar. Pensar que la «banderola» iba a ondear por encima de la sacrosanta bandera española me hizo saltar contra los culpables y aquello me costó un mes de arresto en Madrid y el cese en el mano de la Comandancia.
El siguiente destino fue la Jefatura de la Comandancia de Málaga, mi patria chica. Y allá nos fuimos con toda la ilusión del mundo. Había allí un pabellón precioso para mi mujer; allí estaban mis padres; allí estaban los amigos. Se reunían, en fin, muchas circunstancias para que en la Comandancia de Málaga pudiera encontrarme a gusto. Pero seguían los asesinatos y las tropelías en nuestra España. Las víctimas iban sumándose en cantidades que yo difícilmente podía soportar, aunque no falten quienes se tragan esas cifras sin pestañear, ¡allá sus estómagos!
Un atentado terrorista se cobró tres vidas: el señor Unceta, un hombre cabal, y dos guardias civiles. Y en aquella misma jornada me anunciaron que iba a haber en Málaga una manifestación en apoyo de la mayoría de edad, en definitiva, uno de esos «escandaleros» que organizan los marxistas y a los que acuden para gritar «¡Amnistía!»
Aquello me pareció una provocación, un comportamiento que no podía aguantar. Intenté por el diálogo evitar que la manifestación se celebrase, pero, aunque me dijeron que iba a ser trasladada a otro día, comprendí que trataban de engañarme y, ya al filo de iniciarse la manifestación, le dije al gobernador civil: «Hoy España está de luto… Mañana seré un arrestado, pero hoy jugué la mejor Comandancia que he visto, porque disolví la manifestación, sin violencia, porque no fue necesaria más que la decisión y la firmeza reflejadas en los ojos de los hombres que componían mi fuerza. Aquellos hombres actuaban con energía y con confianza en su mando, sabiendo que no iba a dejarles en la estacada, y está demostrado que cuando hay autoridad y decisión es innecesaria la violencia; solamente después de reculeos y blandenguerías es imprescindible la violencia. En fin, mi actuación me trajo un mes de arresto y el cese en el mando.
Por todo ello, a las 18,24 horas del día 23 de febrero de 1981 entré en las Cortes Españolas, hice público un comunicado explicando el porqué. Decía así:
«Españoles: las unidades del Ejército y de la Guardia Civil que desde ayer están ocupando el Congreso de los
Diputados a las órdenes del general Miláns del Bosch, capitán general de Valencia, no tienen otro deseo que el bien de España y de su pueblo. No admiten las autonomías separatistas y una España descentralizada pero no rota. No admiten la impunidad de los asesinos terroristas contra los que es preciso aplicar todo el rigor de la Ley. No pueden aceptar una situación en la que el prestigio de España disminuye día a día. No admiten la inseguridad ciudadana que os impide vivir en paz. Aceptan y respetan al Rey, al que quieren ver al frente de los destinos de la Patria, respaldado por las Fuerzas Armadas. En suma, quieren la unidad de España, la paz, orden, seguridad. iViva España!»
Yo me he declarado responsable de todo. Yo ordené los disparos. Yo ordené a todo el mundo que se tumbara en el suelo. Yo distribuí y ordené los servicios y los vigilé. Mi fuerza sabe que conmigo no se juega, y en mi poder está ese documento que exime de responsabilidades a guardias, cabos y suboficiales. ¡Señores, soy el único responsable de lo sucedido dentro de las Cortes! ¡Señores, dejen ya tranquila a una Fuerza de la que deben sentirse orgullosos ustedes y toda España, sea cual sea su color y su ideología! ¿No se pedía eficacia a las FOP? ¡Pues ahí tienen ustedes eficacia!… Claro que las órdenes que recibieron fueron claras y enérgicas.
Por todo ello me encuentro hoy en prisiones militares para aceptar lo que España disponga de mí, con el ánimo sereno / la conciencia tranquila, mucho más tranquila de lo que puedan tenerla quienes debiendo no están aquí con nosotros. Sea cual sea mi destino, ¡gracias! España por permitir que haya servido!”
45 años después, en un intento de salir del paso con una nueva cortina de humo que se impregne en la opinión pública para evitar que el foco recaiga sobre las presuntas corruptelas del entorno político-familiar de Pedro Sánchez, el Gobierno desclasifica los documentos del 23F con el estreno en abierto en TVE de los primeros capítulos de la serie “Anatomía de un instante”, dirigida por Alberto Rodríguez. En los libros de texto, así como en las diferentes adaptaciones cinematográficas, se ha intentado dejar como el villano de la historia a Tejero. Lo que realmente sucede es que no pueden asumir la realidad que un hombre con valores, principios y que antepuso el Honor a la disciplina no tragase con la traición a la Patria de unos y la tibieza de otros. Descanse en paz, teniente coronel. La muerte no es el final.


Sí, la cobardía es el camino que acaba en la traición. La traición se disimula con la falsa tolerancia. La tolerancia con la mezquindad, y está última acaba corrompiendo las almas de los Pueblos.
La fidelidad a lo que juramos solo se sostiene con el Honor.